El cielo está oscuro. Un nuevo tipo de sombra acompaña ahora a los edificios. Levanto la vista del papel. Puedo distinguir movimiento detrás de las ventanas que ahora están iluminadas. Los ojos de los edificios se despiertan. Uno a uno dan color donde antes solo se distinguía negro y ladrillo apagado.
Busco estrellas, pero lo más parecido que veo a ellas son aviones. Agudizo el oído. Cierro los ojos. Llego a distinguir entre el silencio el sonido del agua pasando por la tubería, acaba de pasar un coche, quizás dos. Miro. Veo una bicicleta pasar rápido por la acera. Cruza silenciosa. Ese característico sonido de las marchas no he podido disfrutarlo desde donde estoy.
Vuelvo a mirar arriba. El cielo está más oscuro. Ahora es de color azul marino acuarela. A la izquierda, una chimenea. Me gustaría estar sentada en ella. Un nuevo campo de visión. Un pequeño cambio para esos días de obligación.
Miro el cielo e imagino. Un gran dragón chino vuela, pasa por mi ventana. Me quedo cinco segundos sin ver nada más que sus escamas. Su cola acaba en una flecha roja. Se ha sentado en el tejado y juega con una paloma asustada. Se la acaba de comer. El dragón me mira y se pasa su larga lengua azul por el morro. Le digo"hola". No me siento tonta por haberlo hecho. Sé que me escucha.
Un bocinazo. Me desconcentro. Mi gran dragón chino ha desaparecido. La calle ya no me interesa. Miro en mi mesa los apuntes que debo estudiar. Me desconcentro mirando la redondez de las letras. Bellas artes. Eso es lo que voy a estudiar. Miro el cielo. Un punto amarillo destella. Es mi dragón. Se va de viaje. Me voy con él, aunque yo siga aquí, delante de mi ventana. Con los apuntes abandonados en la mesa. Un bolígrafo roto y la agenda cerrada.
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