jueves, 4 de agosto de 2011

Silencio.

Después de 2 años viviendo dentro de ese edificio blanco de paredes acolchadas y vigilado por cámaras, había llegado el día de mi liberación.
La calle no había cambiado tanto como esperaba. Me metí en una nube de tabaco con forma de bar añejo. No había nadie dentro salvo un viejo y desfasado camarero al que califiqué como el dueño de aquel antro.
Me senté en la barra y pedí una cerveza. El sitio era silencioso, algo que necesitaba después de haber estado rodeada de locos.
El dueño me empezó a dar conversación. Su aliento, de olor a cerveza agria y a tabaco negro empezó a marearme. Cogí mi botella de cerveza y vacié el contenido en el vaso de cristal. Dí un trago. Estaba helada. Me relamí los labios. Cogí la botella, ahora vacía y mientras él seguía hablando se la estampé en la cabeza. Su cara se quedó en una mueca perpetua de sorpresa.
Me fijé en que estaba manchando la barra. Lo empujé y cayó al suelo.
Hacía calor y la cerveza estaba helada. Por fin silencio...

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