La calle no había cambiado tanto como esperaba. Me metí en una nube de tabaco con forma de bar añejo. No había nadie dentro salvo un viejo y desfasado camarero al que califiqué como el dueño de aquel antro.
Me senté en la barra y pedí una cerveza. El sitio era silencioso, algo que necesitaba después de haber estado rodeada de locos.
El dueño me empezó a dar conversación. Su aliento, de olor a cerveza agria y a tabaco negro empezó a marearme. Cogí mi botella de cerveza y vacié el contenido en el vaso de cristal. Dí un trago. Estaba helada. Me relamí los labios. Cogí la botella, ahora vacía y mientras él seguía hablando se la estampé en la cabeza. Su cara se quedó en una mueca perpetua de sorpresa.
Me fijé en que estaba manchando la barra. Lo empujé y cayó al suelo.
Hacía calor y la cerveza estaba helada. Por fin silencio...
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