Notaba en mi piel el cosquilleo que siempre aparece antes de que tu puño diera en aquel jarrón que siempre cobraba las culpas. Notaba en mi cuello desnudo alguna que otra ráfaga de viento que pasaba por la ventana. Engatusándome. Haciéndome desear que viera desde fuera del cristal la tormenta que se avecinaba. Un relámpago iluminó mi habitación, o lo que quedaba de ella, ya que lo único que todavía tenía forma era la cómoda que estaba atrancando la puerta. Los gritos pidiéndome que abriera la puerta habían cesado hace unos minutos.
Salí a la terraza. Era pequeña y estaba sucia, llena de polvo y de ramas extraviadas. La barandilla era de ladrillo y daba a una altura de 2 pisos. Me senté en ella y cerré los ojos. Oía los truenos y la lluvia a lo lejos. El moño improvisado se deshizo. El viento comenzó a enredarme el pelo. La lluvia, que ya me alcanzaba, lo convertía en algo pesado, molesto. Me lo eché a un lado y miré a mi alrededor. Los gritos habían vuelto a inundar el piso.
El cosquilleo comenzó desde los dedos de los pies hasta la nuca. Con el vello en punta me puse de pie. Abajo había otra terraza sobresaliendo y de esa se podía saltar a ese balcón… No tenía nada que perder. Salté. Ningún sentimiento de adrenalina me embargó. La había gastado toda. Solo sentía la brisa en mi pelo, y el cosquilleo de siempre. Ese al que hacía unos días que ya me había acostumbrado. Toqué suelo. El golpe de la caída no hizo que me deteniera. No miré atrás. Comencé a correr… y desaparecí entre las calles.
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