jueves, 10 de marzo de 2011

Eramos jóvenes.


Íbamos colocados de esa sensación que solo tienen los jóvenes. Eramos unos esquizofrénicos que huíamos de la luna. La calle estaba vacía, solo había gente desconocida que nos miraba y buscaba las botellas pero íbamos sin nada. Eramos unos yonkis del oxígeno, de la vida. Jugábamos con el vaho que escapaba de nuestras bocas y saltábamos las líneas blancas de los pasos de cebra. Era el día más frío del año y la escarcha comenzaba a invadir los cristales de los coches, pero nosotros nos fuimos a una heladería a tomar helado y granizado. No nos importaba el frío. Fuimos a los lugares más peligrosos y corrimos por las calles desiertas. Guardamos los relojes en lo más hondo de los bolsillos, no queríamos que el tiempo nos controlara pero la luna, traidora, nos avisó que el día acababa cuando dejó espacio al sol y el color volvió a las calles. Estábamos cansados, pero eso no impidió nada. Nos despedimos, era hora de volver al mundo. No estábamos tristes. Sabíamos que el mundo era un pañuelo. Nos volveríamos a encontrar.

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