
Llevaba cuatro horas fuera de casa, 26 grados al sol. Sentía que los músculos solo me respondían por inercia al dar cada paso pero tu me preguntabas si estaba cansada y te decía que no. El cielo cada vez estaba más oscuro y la luna, diminuta y blanca comenzaba a aparecer en el cielo. Sentía la velocidad en mi pelo y el aire en mi cara y era algo que me encantaba. Miré el reloj. Ya solo quedaban unos escasos minutos. Me acompañaste a casa dando un rodeo que por poco nos lleva fuera del pueblo. Íbamos riéndonos y empezando muchas palabras que nunca iban a acabar. Llegamos a mi casa y nos despedimos con un simple hasta mañana...
Me vi reflejada en el espejo del portal y el cansancio, que hasta entonces había conseguido mantener a ralla pudo conmigo y me senté a pensar antes de subir a casa y empezar a improvisar diciendo que me lo había pasado muy bien con mis amigas patinando...
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